En el instituto leí mucha filosofía. Por entonces siendo un esbozo yo misma de lo que acabaría siendo, las ideas de los que me precedieron conseguían una tierra fértil donde arraigar. Algunas de ellas, las que traían un eco que podía procesar con mi básica ‘mesa de mezclas’ intelectual, se quedaban durante más tiempo a mi lado, acompañándome aquí y allá, como una amable o enigmática o atrayente cantinela, hasta que su sonido se alejaba definitivamente del sonido de la canción que yo iba componiendo y se perdía quedando como un lejano eco, aquello que había sido, nuevamente. Otras melodías todavía me acompañan, personificadas, en momentos muy especiales. Sigue leyendo